Prólogo
Una vez más, esa punzante sensación me arrancó el sueño. El eco lejano de un trueno aún vibraba en el aire nocturno. El recuerdo del miedo infantil, frío y penetrante, persistía como una sombra. Un hilo de luz ámbar se colaba por la rendija inferior de la puerta del sótano.
Desde las profundidades de la casa ascendían voces apagadas. Me deslicé fuera de la cama, atraído por el murmullo. Cada paso en la madera fría me hacía encoger los dedos, pero el tono de mi madre, tan distinto al de siempre, me obligaba a seguir.
— Hay que esconderlo —la voz de mi madre se cortó, como si el aire le faltara.
— Es demasiado pronto, Anya. Estás exagerando las cosas —replicó mi padre, aunque su tono carecía de la firmeza que intentaba mostrar.
Un silencio denso se instaló tras sus palabras. Luego, escuché el sonido de sus pasos alejándose. Fue en ese instante, con la torpeza propia de mi edad, que mi mano apoyada en la madera de la puerta produjo un leve crujido.
Abajo, un silencio repentino. Y a continuación, el suave ritmo de sus pisadas subiendo la escalera de madera.
Ella apareció en el umbral. Su cabellera escarlata parecía fuego bajo la luz ámbar. Al verme, la dureza de su rostro se desmoronó, sustituida por una ternura incondicional. Me alzó en sus brazos y el aroma a papel viejo y cera de su ropa me envolvió. Me estrechó contra ella. El latido rítmico de su corazón siempre lograba acallar mis temores, incluso aquellos que nacían de la furia de las tormentas.
Me llevó de nuevo a su rincón de trabajo en el sótano. Su escritorio, bañado por la luz temblorosa de las velas, siempre me pareció un lugar especial. Allí estaban su pluma de ave, el tintero de cristal oscuro y las pilas de libros que parecían contener mundos enteros. Se sentó en su silla y me acomodó en su regazo, abrazándome con suavidad. Su respiración pausada era un arrullo familiar que comenzaba a disipar la opresión que sentía.
Me habló en voz baja, con palabras dulces y protectoras. En aquel entonces, solo registraba la calidez de su abrazo y el sonido tranquilizador de su voz. No fue hasta que me separé ligeramente, alzando la mirada hacia su rostro, que percibí una sombra fugaz, una tristeza apenas velada que oscurecía sus hermosos ojos. Intentaba ocultarla, ahora lo entiendo.
Abrió el cajón de madera de su escritorio. De él extrajo una pequeña caja, sencilla y sin adornos. Dentro, sobre un trozo de tela suave, descansaba un colgante. Un pequeño escudo metálico con cuatro símbolos grabados: un sol radiante, una delicada hoja, una brillante gota de agua y una luna llena, todos ellos inscritos dentro de sus límites. El escudo pendía de una simple tira de cuero.
Con delicadeza, me lo colocó alrededor del cuello, ocultándolo bajo mi ropa de dormir. Su voz, suave como la seda, susurró cerca de mi oído:
— Mientras lo lleves contigo, no tendrás miedo. Siempre estaré a tu lado.
El miedo se disipó por completo. Su presencia siempre ejerció ese efecto tranquilizador en mí. Me llevó de vuelta a mi cama, arropándome con cuidado. Y mientras la somnolencia me vencía, una mancha de sombra se separó de la oscuridad de la habitación. Flotó ante la ventana, densa como el humo, carente de forma. Entonces, dos brasas rojas se encendieron en la negrura. No eran ojos, eran heridas de luz que me observaban fijamente. El frío volvió a mis huesos justo antes de que todo se borrara.
Desperté de golpe. No en mi cama, sino aquí, con la textura áspera de la hierba bajo mis manos y la suave calidez del sol naciente sobre mi rostro. Me había quedado dormido a la intemperie una vez más, con mi fiel sombrero de paja puntiagudo cubriendo mi cara.
— ¿Otra vez esa pesadilla? —murmuré, incorporándome y retirando el sombrero—. ¿Cuántas veces voy a soñar con lo mismo?
Me senté, sintiendo el frescor del rocío matutino en la hierba. Unos instantes después, la consciencia del presente me invadió por completo. Me llevé las manos a la cabeza, en un gesto de ligera frustración.
— Ah…