Códice
Arco I | Cap. 2

Una camelia

Arco ICap. 2
13 Apr 2026

Habían pasado once años desde la última vez que vi a mis padres.

Once años desde aquella noche.

Las estrellas aún parpadeaban con fuerza cuando comencé a reunir al rebaño. En Conil, las ovejas se alimentaban del rocío nocturno; decían que la hierba era más dulce antes de que el sol la tocara.

Silbé a los perros para que agruparan el rebaño. Un bostezo largo me obligó a estirar los brazos bajo el aire gélido de la mañana. Los lobos, o las sombras que a veces merodeaban cuando la luna caía, solían buscar presas a estas horas, pero el cansancio me pesaba más que el miedo.

—No está bien pagado… Quita demasiado sueño —murmuré.

Poco después, el sol despuntó tras las cumbres, tiñendo el rocío de un brillo anaranjado. Al instante, una ráfaga de viento descendió de las montañas con una violencia repentina. Mi sombrero salió despedido de la cabeza antes de que pudiera reaccionar. El aire giró a mi alrededor durante un instante, levantando pequeñas motas oscuras que danzaron frente a mis ojos como cenizas suspendidas.

Y entonces aparecieron las chispas. Pequeños destellos rojizos flotaron en el aire antes de apagarse uno tras otro.

Suspiré.

Tomé un mechón entre los dedos.

El negro se estaba desvaneciendo una vez más, sustituido lentamente por un rojo tan vivo como las brasas.

«Otra vez…», pensé mientras me agachaba para recoger mi sombrero.

Ascendí por la ladera. Desde el prado, el pueblo permanecía oculto tras la colina.

Coroné la colina y el pueblo apareció abajo, un puñado de techos de madera y piedra medio ocultos por la niebla. A pocos pasos de mis pies, arrinconada contra una roca gris, crecía una única flor. Era una mancha roja en medio de la hierba escarchada. Me detuve. Su tono rojizo, casi idéntico al de mi cabello recién transformado, relucía bajo la luz del amanecer. Fue entonces cuando advertí algo extraño. Uno de sus pétalos parecía arrancado.

No marchito.

No roto por el frío.

Arrancado.

Un hormigueo me recorrió la nuca.

Por un instante, una imagen borrosa cruzó mi mente. Una sensación. Un recuerdo que estaba seguro de haber tenido alguna vez.

Pero desapareció antes de que pudiera alcanzarlo.

«¿Una flor roja? Me resulta… familiar», pensé.

Me senté a su lado, observando el pueblo a lo lejos.

— Estás aquí sola, ¿verdad? —dije—. ¿No tienes miedo de estar tan expuesta?

Permanecí allí unos minutos más, observando cómo el viento balanceaba la flor.

La sensación de familiaridad seguía presente, pero cuanto más intentaba aferrarme a ella, más se escurría entre mis dedos. Finalmente negué con la cabeza.

— Supongo que solo eres una flor.

Me puse en pie, sacudí la hierba de la túnica y emprendí el descenso para reunir al rebaño y regresar al pueblo.

— Toma, mocoso, cinco monedas de plata.

El hombre soltó una carcajada que trajo consigo una bocanada espesa de cebolla pasada y sudor rancio, obligándome a dar un paso atrás. Dejó caer las cinco monedas sobre mi palma con un tintineo seco. Las conté con la mirada: cinco. El trato eran cincuenta.

Apreté el puño, sintiendo el frío del metal contra mi piel. Me di la vuelta tapándome la nariz con la manga de mi túnica, y murmuré para mis adentros:

—Uf… Con ese olor, hasta las monedas estarán contaminadas. Seguramente corrosivas.

— ¿Qué has dicho? —El hombre se giró de golpe, con las venas del cuello hinchadas y el rostro encendido de rabia.

— No… nada —dije rápidamente, dando un paso atrás para poner distancia entre los dos.

Continué mi camino, adentrándome en las estrechas calles del pueblo. Era un laberinto de adoquines. Las calles eran tan angostas que, con los brazos extendidos, casi podría haber tocado las paredes de los edificios a ambos lados. Las construcciones de piedra y madera se apiñaban unas contra otras.

Mientras caminaba, mi mirada se posó en las lámparas de aceite colgadas de las paredes.

Me restregué los ojos por última vez y sonreí.

— Tres… dos… uno…

Al pronunciar el último número, el brillo de las linternas se desvaneció al unísono.

Como cada amanecer.

El tenue resplandor de los núcleos pétreos desapareció y el callejón quedó sumido en una penumbra grisácea.

— Ahí está. Nunca fallan.

Cada una de aquellas lámparas contenía un pequeño núcleo pétreo. Aquellas piedras eran muy caras. Por eso siempre me había parecido extraño encontrar tantos en un pueblo tan pequeño.

Aquellas piedras alimentaban los artefactos. Sin ellas, no eran más que objetos corrientes.

— ¡Ja, Sombrero! —exclamó un anciano a mi espalda, apoyado en un bastón de madera nudosa que vibraba con el temblor de su mano—. Últimamente siempre te encuentro a estas horas. ¿Cómo está tu abuelo? Hace mucho tiempo que no lo veo.

Le sonreí y respondí encogiéndome de hombros.

— No lo sé, señor. Últimamente pasa mucho tiempo fuera. Ah, ¡y tenga cuidado al andar! El suelo todavía está algo congelado.

Seguí mi camino, girándome un instante para echarle una última mirada al anciano, que permanecía apoyado en su bastón, observándome.

Llegué a las Cuatro Esquinas.

Un riachuelo atravesaba el cruce, dividiendo el camino en dos. Normalmente podía cruzarse por un pequeño puente de madera, pero llevaba semanas destrozado.

Al otro lado distinguí una figura conocida.

Bram.

El hombre levantó una mano al verme.

— ¡Hola, Sombrero!

Sin dudarlo, me avalancé al río y di un salto para cruzar al otro lado.

— ¡Espe…!

El aviso llegó tarde. Mis suelas tocaron la orilla opuesta, patinaron sobre una placa de hielo oculto y caí de bruces contra la tierra húmeda. Acababa de advertir al anciano sobre el hielo. Por supuesto, el primero en caer fui yo. Un suspiro de resignación me llegó desde arriba, acompañado del crujido de las botas de Bram al acercarse.

— Y después dijo 'cuidado que voy'. —rió Bram.

— ¡Cariño! ¿Cómo puedes reírte de lo que le ha pasado? —Se escuchó la voz de Lyra a lo lejos.

El calor de la chimenea alivió parte del dolor del golpe, aunque mis mejillas seguían ardiendo por la vergüenza. Bram estaba doblado sobre la mesa, golpeando la madera con su grueso puño mientras las carcajadas le sacudían los hombros.

— Esto te bajará la inflamación —dijo Lyra al aparecer desde la cocina.

Se movía con la pesadez paciente y elegante de sus últimos meses de embarazo. Presionó un paño humedecido en agua helada sobre mi pómulo. El frío me hizo dar un salto, pero la suavidad de su tacto desarmó mi orgullo. Me revolvió el pelo. El aroma a té y madera limpia me hizo olvidar por un instante el frío que me esperaba fuera.

— Gracias —murmuré, lanzando una mirada de fingida molestia a Bram.

Al lanzarle esa mirada al hombre, que parecía haberse recompuesto, una nueva oleada de risa lo sacudió con aún más fuerza.

— Es que… Parecías una gallina intentando volar.

Sentí el calor subirme a las mejillas. Miré mi mano, todavía manchada de la tierra del río, y luego a Bram, que parecía a punto de quedarse sin aire.

— Ah, Bram. ¡Venga ya! —protesté, estirando las piernas bajo la mesa mientras me apartaba el paño de la cara.

Verlos reír y regañarse mutuamente avivó un calor agradable en mi pecho. Lyra volvió a la cocina a por la tetera, dejándonos solos frente a la mesa de roble.

— Es increíble. Siempre que vengo, hacéis que se me olviden las preocupaciones.

— Me alegra oír eso. Y nosotros estamos muy cómodos contigo, ¿verdad, Lyra? —preguntó Bram, alzando la voz hacia la cocina.

— ¡Claro que sí! —se oyó la voz de Lyra.

Bram soltó una carcajada.

— Si es que mi mujercita es un encanto. Encima es preciosa.

— ¡Ejem! —tosí para interrumpir su idilio.

— Eh, ¡sí! —Bram soltó una pequeña risa y se inclinó hacia delante—. Te conocemos desde que tenías siete años. Aún recuerdo cuando te dejaba jugar con el artefacto de levitación. Te pasaste tres horas flotando cerca del techo sin saber cómo bajar, mientras yo corría debajo con los brazos abiertos. —Puso los brazos en alto, imitando el gesto y volvió a reir—. Qué recuerdos.

— No creo que eso fuera muy responsable por tu parte… —murmuré con una mueca.

— ¡Oh! ¿Quieres que te dé algunos fragmentos que ya no uso? Como disculpa por las risas —ofreció Bram, apoyando una mano pesada en mi hombro con una sonrisa franca.

— Me vendrían de maravilla, gracias —respondí.

Bram se levantó de la silla y se dirigió a una estantería cercana, donde guardaba algunos fragmentos sobrantes resguardados en una cesta.

Al instante, Lyra regresó con tres tazas de té. Las colocó sobre la mesa junto a la tetera, distribuyendo una taza en cada sitio. Al dejarlas, tomó un pequeño sobre cerrado, de tela, y lo depositó frente a mí.

— ¡Oh! Muchas gracias, ¿qué es?

— ¡Es el fragmento! Ya lo tenía preparado antes de que él te hubiera dicho nada —dijo Lyra, poniendo énfasis en el 'él' mientras miraba a Bram.

Bram puso una cara decepcionada que solo duró unos segundos. Mientras tanto, cogí el sobre y le di la vuelta. En el reverso se podía leer la inscripción 'Piedras Conil'.

— Piedras… ¿Conil? —pregunté.

Conil era el nombre de nuestro humilde pueblo. Aunque vivía bastante gente, no se podía comparar con una ciudad. Supuse que lo de 'Piedras' se refería a su negocio de artefactos y núcleos. No tenían muchos recursos y las ventas en el pueblo no eran enormes, pero les permitía vivir de ello.

— ¿Te gusta el nuevo nombre? Quiero que la gente conozca nuestro pueblo. Ojalá pudiera llegar a vender fuera de aquí —dijo Bram con un tono lleno de esperanza mientras volvía a su asiento.

Sinceramente… no estaba convencido de que aquel nombre fuera a conquistar el mundo. Pero asentí en silencio.

— Es un buen nombre —dijo Lyra con ironía, aunque Bram no se percató—, seguro que nos reconocen al leerlo, cariño.

Bram asintió con felicidad, cerrando los ojos mientras sonreía ampliamente. Yo simplemente desvié la mirada. Al hacerlo, algo captó mi atención. En el fondo de la habitación, arrinconada, había una flor.

— Sombrero, Sombrero… ¡Sombrero! —gritó Bram, viendo que no le hacía caso.

Parecía que llevaba un rato hablándome, y yo no había respondido.

— Eh… dime —dije, volviendo a prestar atención.

— ¿Estás bien? Parecías embobado viendo esa flor —señaló Bram.

— ¿Esa flor? Es una camelia. Suelen florecer entre invierno y primavera. Aunque no es común verlas por aquí —dijo Lyra, apoyando pensativamente un dedo en su mejilla—. Ahora que lo pienso, no recuerdo haber puesto una camelia ahí. Cariño, ¿la has dejado tú?

— No, yo tampoco he sido —dijo Bram, frunciendo el ceño con una expresión intrigada mientras negaba con la cabeza.

Me incorporé ligeramente.

No era el color. Era otra cosa.

Algo en ella me resultaba inquietantemente familiar.

Entonces lo vi.

Uno de los pétalos estaba arrancado. Igual que la flor de la colina. Exactamente igual.

No podía apartar la vista de ella.

Mientras escuchaba el suave murmullo del té al caer en las tazas, mi extrañeza hacia aquella camelia escarlata no dejaba de crecer. Me quité la capucha, dejándola descansar sobre la espalda. Fue entonces cuando Lyra se fijó en mi cabello. Al ver que las raíces eran del mismo color que la flor, dijo sonriendo:

— Esa camelia es igual de bonita que tu cabello. ¿Te suena de algo?

— Algo me dice que sí. Esta mañana vi una igual y me sucedió lo mismo, esa extraña sensación… Aunque no recuerdo nada en concreto —añadí, mirándola a los ojos.

— Veo que ha dejado de hacer efecto ese artefacto tuyo. Con un fragmento tan débil no te debe durar mucho —dijo Bram, también observando mi pelo.

— Ya. Con el dinero que consigo no podría comprar ni una cuarta parte de un núcleo entero… —resalté, cerrando los ojos y sonriendo mientras soltaba un suspiro—. No sé qué haría sin vosotros, de verdad. Muchas gracias por los fragmentos que siempre me dais. Sin ellos… seguramente la vida en Conil sería imposible.

— No es nada, no te preocupes. Ya sabes que nos tienes aquí siempre que nos necesites —dijo Bram, sonriendo y dirigiendo la mirada a su esposa. Lyra asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa. Luego, ambos me miraron.

— Siempre os agradeceré estos once años.

— Ni que te fueses de viaje o algo así —rió Bram.

Finalmente cedí a la curiosidad y acerqué la mano para cogerla con delicadeza.

— ¿Eh?

Un calor agudo y repentino me mordió las yemas de los dedos. Bajé la mirada y vi cómo unas lenguas de fuego esmeralda, casi transparentes, brotaban del extremo del tallo. El fuego subió en espiral por las hojas, devorando la flor con un siseo imperceptible. Antes de que pudiera soltarla, los pétalos escarlatas se deshicieron en una ceniza gris que cubrió mi palma.

Me quedé inmóvil, observando el polvo tiznado que manchaba mi piel, con los ojos abiertos de par en par.