Cenizas y madera vieja
Un golpe seco me retumbó en las costillas y el aire se me atascó en la garganta como si fuera arena. Di un paso atrás, pero mis talones chocaron entre sí y caí torpemente apoyando las manos en el suelo.
— ¿Sombrero? —la voz de Bram me llegó lejana y amortiguada, como si hablara a través de una pared de agua.
— No… yo no quería… No sé qué le ha pasado a la camelia…—susurré. Mi voz era apenas un soplo roto.
Alcé la vista buscando a Lyra, pero su mirada me golpeó con la fuerza de un bofetón físico. Se había encogido contra el respaldo de su silla, con las manos cruzadas sobre su abultado vientre y los ojos desorbitados por un terror puro, instintivo. Ese segundo de pánico en sus ojos me oprimió el pecho, apretando mis pulmones hasta hacerme daño.
— No he sido yo, de verdad —murmuré, con el labio inferior temblándome mientras contemplaba las cenizas pegadas a mis dedos.
El suelo pareció inclinarse bajo mis pies. Un zumbido agudo me llenó los oídos y los rostros de Bram y Lyra comenzaron a desdibujarse.
Bram apretó los dientes, con el rostro tenso por la frustración, y clavó la vista en las cenizas del suelo. Lyra intentó dar un paso hacia mí con los brazos abiertos, pero al apoyar el pie, su rostro se contrajo en una mueca de dolor y dejó escapar un gemido ahogado. Sus piernas fallaron y comenzó a desplomarse.
— ¡Lyra! —exclamé.
Todo lo demás dejó de importar.
No recuerdo haber decidido moverme. Un instante estaba paralizado en el suelo y al siguiente mis brazos ya sostenían su cuerpo antes de que golpeara el suelo.
— ¡Lo siento! Ha sido culpa mía. No he podido… os he asustado —dije con voz trémula y apretando levemente la mano de Lyra, agachando la cabeza con los ojos humedecidos—. Lo siento… lo siento.
Bram se acercó de inmediato, apartando su silla con un movimiento brusco que la hizo chirriar contra el suelo. Entre los dos la ayudamos a incorporarse con extrema delicadeza. El rostro dolorido de Lyra comenzó a relajarse y me dedicó una mirada llena de paciencia.
— Cariño, no te preocupes, de verdad —dijo ella, buscando mis ojos—. Mírame, estoy bien. No ha sido tu culpa. Solo ha sido una pequeña contracción, y eso es una buena señal: significa que el pequeño ya quiere salir, ¿no?.
Bram se relajó, la ayudó a sentarse en una silla y luego me ofreció la mano para levantarme. Lo miré de vuelta y, con los ojos llorosos, acepté su mano, poniéndome en pie.
El nudo en mi garganta tardó en deshacerse, pero la insistencia de Lyra y la normalidad de Bram actuaron como un bálsamo. Poco a poco, el aire volvió a mis pulmones, aunque la mancha de ceniza en mi palma seguía allí, recordándome lo que era capaz de hacer.
Pasaron unos minutos. Me senté en la silla junto a Lyra y di un sorbo al té. Con la taza aún en la mano, le dije:
— Gracias, Lyra. Aun así, no debería haberos preocupado.
— ¡Otra vez con eso! No ha sido tu culpa. Venga, dilo. 'No-ha-sido-mi-culpa' —dijo Lyra con un tono firme y pausado, pero adorable.
— Eh… ¿En serio? —pregunté.
— 'No-ha-sido-mi-culpa' —repitió ella.
«Se comporta como si fuese mi madre», pensé con alegría.
— Venga, dilo —insistió.
Desvié la mirada detrás de ella, donde Bram estaba de pie, apoyando las manos y la barbilla en la escoba que había usado para recoger las cenizas del suelo. Su rostro parecía decir: 'Vamos, dilo. Hasta que no lo hagas no parará'.
— No ha sido mi culpa —cedí finalmente.
Lyra me miró con una expresión que parecía decir: '¡Muy bien! Ahora tienes que creértelo'. Al verla insistir de aquella manera, no pude evitar sonreír. Por un instante, me pregunté si mi madre habría sido así.
— Por cierto, ¿tenéis pensado qué nombre le pondréis al bebé? —pregunté para cambiar de tema.
— Me alegra que lo preguntes —dijo Bram con una sonrisa traviesa mientras se sentaba de nuevo frente a mí.
— Vaya, eso significa que ya estás tramando alguna de las tuyas… —apunté, entornando los ojos con resignación. Mirando hacia Lyra, añadí—: ¿A que sí?
— Sí… El nombre lo elegirá él porque me ganó al 'piedra, papel o tijera' —dijo ella con un suspiro de frustración.
No pude evitar reírme mientras Bram la señalaba con el dedo, en tono de burla. Por un momento, la camelia y las cenizas parecieron algo ocurrido días atrás.
— Típico de Bram, no esperaba menos. No sé cómo aceptaste un trato así… —comenté entre risas.
— Yo tampoco —murmuró Lyra.
Bram entrelazó sus dedos y dijo:
— He dedicado mucho tiempo a reflexionar sobre ello.
Lyra resopló.
— Demasiado tiempo.
Bram ignoró el comentario y continuó:
— Si es niño se llamará Barm y si es niña, Lara, en honor a su madre.
— Tampoco es que te hayas quebrado la cabeza pensando… —dije, copiando la misma pose de decepción de Lyra. Ella solo suspiró de nuevo.
— ¡Pero si son nombres completamente originales!
Seguimos discutiendo y riéndonos de sus ocurrencias hasta que las tazas de té se vaciaron por completo. Bram y yo las llevamos a la cocina junto a la tetera y nos pusimos a enjuagarlas.
— Ya que estoy aquí, ¿necesitáis ayuda con algo? —ofrecí mientras enjuagaba mi taza—. Hoy tengo la tarde libre. Déjame echarte una mano con algo, Bram. Sé que llevas meses encargándote de todo.
— Bueno, no me molesta. Lyra ya tiene bastante con cargar con esa barriga —respondió, dándome un leve codazo—. Pero ya que lo dices…
Bram sonrió. Esa sonrisa. La misma que ponía cada vez que estaba a punto de arrastrarme a alguna idea terrible.
«Por alguna razón, esto me da mala espina», pensé.
«Me lo temía».
Estábamos en el almacén. Para llegar allí, bajamos las escaleras del salón y entramos en la tienda. Allí había algunos expositores con artefactos pequeños. Detrás del mostrador, varias estanterías repletas de núcleos pétreos y artefactos más valiosos cubrían la pared. Entre ellas se ocultaba una puerta que conducía al almacén. Bram y yo nos encontrábamos ahora en la sala tras aquella puerta.
Al cruzar el umbral, una cortina gris y densa me hizo toser de inmediato.
— ¿Me podrías ayudar con esto? Llevo unos meses sin poder limpiarlo y se ha acumulado un poco de polvo.
«Un… ¿poco?», pensé mientras contemplaba las pilas de cajas de madera y los barriles de mineral. La capa de mugre era tan gruesa que los contornos de los objetos se veían borrosos, como si estuvieran cubiertos por una lana sucia.
— Está bien. Terminemos con esto cuanto antes —respondí, remangándome la túnica.
— ¡Muchas gracias! —exclamó Bram con una sonrisa franca.
Bram salió del almacén y me gritó desde fuera:
— Voy a por algo de tela para taparnos la nariz y la boca. Vuelvo enseguida —escuché el crujir de las escaleras mientras subía rápidamente.
Me adentré en la penumbra del sótano. Sin ventanas que dejaran pasar la luz de la mañana, la oscuridad era absoluta. Tanteé la pared buscando alguna vela, pero solo encontré el tacto áspero del polvo. Tapándome la nariz con el antebrazo izquierdo, alcé la mano derecha. Al instante, una llama pequeña y de un rojo cálido brotó de mi palma, disipando las sombras más cercanas.
«Con esto bastará», pensé.
La pequeña llama se dividió en cuatro esferas idénticas que flotaron hacia los cuatro rincones del techo, iluminando el almacén por completo.
— Al menos ahora vemos dónde pisamos —murmuré para mí.
— ¡Oh! Buena idea. Había traído algunas linternas para colocar en las paredes, pero así se ve mejor.
El sobresalto me hizo dar un brinco. Me volví hacia él con el corazón acelerado.
— ¡Bram! ¿Cómo puedes ser tan silencioso? Menudo susto me has dado —protesté, alzando la voz.
Bram soltó una carcajada ronca y me ofreció un pañuelo de tela gruesa. Me lo até alrededor de la cara, cubriendo mi nariz y boca. Traía dos artefactos de limpieza: dos globos de cuero elástico que funcionaban mediante un pequeño fragmento pétreo en su interior, absorbiendo el polvo como si respiraran. Nos pusimos a trabajar en silencio.
El corazón me dio un vuelco. Apoyada contra el muro había una vara de madera oscura que reconocí al instante.
— Pero… ¿qué hace esto aquí? —pregunté, acercando la mano.
— Ah, ¿ese viejo bastón? —Bram alzó la vista por un segundo y, al reconocer el objeto, volvió a pasar el paño por la caja que sostenía mientras hablaba—. Es del Shofu. Antes de marcharse, me pidió que se lo guardase aquí. Dijo que te lo entregara cuando llegase el momento adecuado.
Al rodear la madera con mis dedos, una sensación de frío me recorrió el brazo. La madera se sentía inerte, extrañamente apagada. El Shofu solía decir que su bastón era una extensión de su propio cuerpo, un canal para sentir la esencia. Verlo allí, abandonado en un rincón oscuro y cubierto de pelusa, era como encontrar una parte de él marchita. Comencé a frotar la superficie con la manga de mi túnica, intentando devolverle el pulido suave que recordaba.
— Ya veo —dije en voz baja, con la mirada fija en las vetas de la madera.
Pasaron unos segundos de silencio antes de que Bram hablara de nuevo, suavizando el tono.
— Sé que estás preocupado por él. Todos lo estamos, Sombrero. Pero ya conoces al Shofu; es como el viento de las montañas. Hace años hacía lo mismo: se marchaba durante meses y aparecía un buen día como si nada, quejándose de sus cabras. No te tortures con eso.
Me limité a asentir, aunque el peso en mi pecho no disminuyó.
«El Shofu nunca se habría marchado sin su bastón. Y menos durante tanto tiempo», pensé con amargura.
— Quédatelo si quieres. Será mejor que se lo devuelvas tú mismo cuando regrese.
— Gracias, Bram. Me gustaría tenerlo conmigo. Prometo devolvértelo si vuelve antes de lo previsto —dije, intentando forzar una sonrisa tras el pañuelo.
Bram sonrió y se acercó a mí para darme una palmada afectuosa en el hombro.
— Sé que no podría estar en mejores manos.
Hizo un gesto con la cabeza hacia las cajas restantes, indicándome que continuáramos. Sabía que intentaba distraerme de mis propios pensamientos.
Durante el resto del día estuvimos limpiando. Sacamos tanto polvo que llenamos tres bolsas enteras. Tuve que llevarlas fuera una por una y quemarlas lejos de las casas, asegurándome de que nadie me viera hacerlo. Cuando terminamos, ya era muy tarde, así que decidí marcharme. Bram y Lyra me esperaron en la entrada de la tienda para despedirse.
— Gracias por tu ayuda, cariño —dijo Bram, intentando imitar el tono agudo de su esposa.
Yo estaba de espaldas a ellos, poniéndome la túnica, cuando escuché ese comentario. Instantáneamente, un escalofrío me recorrió desde los talones hasta el último pelo de la cabeza.
— Ugh… no vuelvas a decir eso, por favor —pedí con una mueca de desagrado.
— ¡Oye! Yo no hablo así —protestó ella, cruzando los brazos.
Bram soltó una carcajada limpia que retumbó en la calle silenciosa. Terminado de abrocharme la túnica, colgué el sombrero de paja a la espalda y guardé el sobre con los fragmentos en el bolsillo interior. Me giré para despedirme con la mano antes de ajustar mi capucha roja.
— Cuidado en el camino —dijo Lyra.
Abrí la puerta y una ráfaga de viento gélido me golpeó el rostro, haciéndome tiritar.
— Se nota que está anocheciendo —murmuré para mí, cerrando el portón tras de mí.
El sol se ocultaba tras las montañas, tiñendo el cielo de tonos violetas y cenizos. Apresuré el paso por las calles empedradas cuesta abajo; la cabaña que compartía con el Shofu estaba a las afueras del pueblo y no quería cruzar el linde boscoso a oscuras.
Mis tripas protestaron con un rugido sonoro que me obligó a apretarme el estómago.
— ¿Qué cenaré hoy? —me pregunté en voz baja—. Quizás me quede algo del pan duro de ayer…
Al doblar la esquina cerca de la taberna de los PiernaVieja, el crujido de pisadas rápidas y un rumor de voces alteradas quebró la calma de la tarde. Me detuve, aguzando el oído. Los ruidos ásperos y el tono amenazante de las voces me erizaron la piel; era un sonido que había escuchado antes en mis peores pesadillas.
— ¡Atrápalo!
— ¡No le dejes escapar!
Sin pensarlo, eché a correr hacia el callejón del que provenían las voces, aferrando con fuerza el bastón del Shofu en mi mano.