Cian
— ¡Dejadme en paz! —El grito desesperado de un niño de pelo rojo resonó por el callejón.
Tres niños ocupaban aquel rincón del callejón. Dos de ellos mantenían arrinconado contra la pared a un tercero, un chico pelirrojo con el rostro sucio.
— ¡Vaya, pero si es un pequeño brillantito! ¿Qué haces en estas calles sucias? ¿No deberías estar comiendo cosas de los ricos en tu palacio? —dijo uno de los matones, dándole toques con el pie.
Su compañero simplemente asentía, apoyando lo que decía su amigo. No parecía muy convencido, pero seguía la corriente.
— ¿Dónde están tus padres? ¿Te han dejado aquí tirado? Parece que incluso entre los nobles hay inútiles que sus padres abandonan. —Soltó la burla con una risa cruel. Su compañero reaccionó con sorpresa, como si su amigo se hubiera pasado de la raya con ese comentario.
— Mis padres no me han abandonado —murmuró con voz apenas audible.
— ¿Qué? ¿Has dicho algo? —El matón se inclinó para escuchar mejor.
— ¡He dicho que mis padres no me han abandonado! —alzó la voz, levantando la cabeza para mirarlo directamente a los ojos.
Movido por la frustración y la rabia, el matón más cercano amagó con golpearlo. El chico cerró los ojos y apretó los dientes, preparándose para el impacto.
Pero el golpe nunca llegó. En su lugar, un tarareo suave y rítmico empezó a flotar en el aire del callejón.
— Hm-m-m… mmm-pum… hm-m-m… —Era una melodía lenta, casi hipnótica, que parecía fuera de lugar en aquel sitio tan gris.
Los niños se quedaron inmóviles y se giraron hacia la voz. El dueño de los murmuros apareció junto a la pared del callejón, ignorando por completo la pelea. Estaba completamente encorvado, con una brizna de hierba seca sostenida entre el pulgar y el índice, intentando insertarla con precisión quirúrgica en una grieta minúscula del ladrillo de una pared.
— Hmm… Esto no va a aguantar el invierno —murmuró—. Si este ladrillo cede, todo el edificio se desplomará sobre nuestras sombras. Sería una descortesía absoluta para con los vecinos.
Los matones se miraron entre sí, confundidos. El anciano encorvado dio un golpecito al ladrillo con el dedo, escuchando el sonido como si fuera un experto albañil. Luego, se giró hacia ellos, aún con la brizna de hierba en la mano, y los miró con una seriedad pasmosa.
— Es curioso. El eco en este callejón dice que aquí hay tres jóvenes guerreros, pero mis ojos solo ven a dos pajaritos asustados y a una pequeña llamita que busca su camino.
Los matones intercambiaron una mirada incómoda. El más alto tragó saliva.
El anciano seguía examinando la pared como si ellos ni siquiera existieran.
Un instante después, el más alto tropezó al intentar retroceder y ambos echaron a correr.
Cuando volví a mirar hacia ellos, ya no estaban. Solo quedábamos el Shofu y yo.
— Sabía que estabas viéndolo —le reproché, limpiándome la cara con la manga—. ¿Por qué no me has ayudado antes?
El Shofu dejó de observar la grieta y soltó una risita suave.
— Dime, pequeña llamita… si yo hubiera espantado a la lluvia, ¿cómo sabrías que eres capaz de aguantar el chaparrón sin mojarte el alma? Estabas aprendiendo a ser una piedra. Y una piedra muy roja, por cierto.
Me dio un pequeño empujón en la espalda con el mango de su bastón para que empezase a caminar.
— Pero Shofu… hice lo que dijiste. Estaba preparado para recibir el golpe sin defenderme.
— Mmm, y lo hiciste bien. Tan bien, que el universo ha decidido recompensarnos —señaló el cielo con un dedo huesudo y tembloroso—. Mira esa nube de allí… tiene exactamente la forma de un dumpling de cerdo al vapor. Es una señal clara, pequeño. Mi estómago dice que el destino nos llama a comer.
— ¡Shofu! —le reproché, aunque no pude evitar seguirle el paso mientras él volvía a su tarareo pausado.
El recuerdo se disipó tan rápido como había llegado. Una punzada de nostalgia me atravesó el pecho.
Un niño acorralado.
Dos agresores.
Se estaba repitiendo.
Me detuve en la entrada, oculto entre las sombras. En el callejón se encontraban tres niños. Dos de ellos, de pelo castaño, arrinconaban al tercero, cuyo cabello era de un azul claro.
— ¡Me dais asco! Nos tratáis como si fuésemos basura. Nos comemos vuestras sobras y encima ni lo agradecéis.
— ¡Es injusto! Debería ser al revés por una vez —dijo el otro niño.
— No puedo hacer nada. Simplemente he nacido con… —murmuró el niño de pelo azul, con una voz algo temblorosa.
— ¡Cállate! —le gritó uno de los niños, cortándole la palabra—. Deberías probar lo que sentimos nosotros. No, ¡haré que lo pruebes!
El niño miró a su alrededor, buscando algo. Se fijó en un trozo de pan mohoso en el suelo, lo cogió y se lo acercó lentamente a la boca del niño arrinconado, mientras se reía.
Sin pensarlo, agachado y sin entrar en el callejón, lancé una piedra para llamar su atención.
— ¿Eh?
— ¿Has escuchado eso? —preguntó uno de los matones, dándose la vuelta y acercándose a la entrada del callejón.
Cogí otra piedra del suelo; al instante, comenzó a arder entre mis dedos con un fulgor intenso. Con un movimiento seco de la muñeca, la impulsé hacia el pantalón del chico. El guijarro golpeó la tela rugosa y se quedó atrapado en un pliegue. La pequeña llama, lejos de apagarse por el impacto, pareció morder el tejido, propagándose rápidamente por las fibras de lana.
— ¡Auch! Mi pierna… —se quejó el chico, dándose un manotazo distraído en la pierna.
— Será un criptosombras. Es normal, estamos al lado de la taberna —dijo su amigo, intentando restarle importancia.
Sin embargo, el calor empezó a ser insoportable. Lo que ellos creían una chispa inofensiva comenzó a extenderse por la tela con una rapidez antinatural. El segundo niño, al notar el humo que empezaba a subir, comentó:
— No huele como a… ¿humo? ¿Se está quemando algo? —Volteó la mirada y, al ver las llamas, sus ojos se abrieron de par en par—. ¡Espera… oye! ¡Tu pantalón se está quemando!
— ¿Qué? —El chico miró hacia atrás y se vio la parte trasera del pantalón en llamas— ¡¿Qué demonios?! ¡Mi pantalón! ¿Qué has hecho?
— ¡Yo no he hecho nada!
Empezó a dar vueltas sobre sí mismo, intentando desesperadamente apagar el fuego. A pesar de los golpes, las llamas no se extinguían. Su amigo dio un paso atrás, incapaz de decidir si ayudarle o salir corriendo.
— ¡Apágalo!
— ¡No se apaga!
— ¡Tírate al suelo!
— ¡Quema demasiado!
— ¡Agua, échate agua!
El pánico de los dos chicos se los llevó de allí. Con los nervios, se olvidaron por completo del joven de pelo azul que seguía al fondo del callejón. Salieron corriendo en busca de agua para extinguir las llamas inagotables, pasándome de largo también a mí.
Me levanté, dándome unos golpes en la ropa para limpiarme el polvo. Después, me adentré lentamente en el callejón.
— Vaya, parece que esos dos ya no te darán más problemas —dije, terminando con una leve risa.
El joven se encontraba al final, en una esquina del callejón. Tenía una expresión perpleja por lo que acababa de suceder. Sin embargo, en cuanto nuestras miradas se cruzaron, bajó la cabeza y se encogió contra la pared como si esperara que yo fuese el siguiente problema.
Me detuve en seco, manteniendo la distancia. Analicé al chico. Aunque sus ropas eran de telas finas, estaban rotas y cubiertas de mugre. Su rostro y sus manos estaban igual de sucios, con el pelo azulado revuelto. Claramente no era un niño de la calle. Sin embargo, un hematoma amarillento le oscurecía la mandíbula y los nudillos estaban cubiertos de costras recientes.
— No te preocupes, no te haré nada —dije, intentando que mi voz sonara lo más suave posible. Me señalé con el dedo—. La gente me llama Sombrero. Es gracioso, ¿verdad?
No obtuve respuesta. El niño seguía con la cabeza agachada. Me senté a cierta distancia, respetando su espacio.
«¿Qué le digo yo ahora…?».
Pasaron unos segundos. El silencio entre nosotros solo era interrumpido por los murmullos lejanos que llegaban de la taberna.
— ¿Sabes? A mí me pasó algo similar cuando era un niño.
— No es lo mismo.
— ¿Cómo?
— No lo entiendes.
— ¿Por qué?
— No se lo diría a alguien como vosotros.
«Ah, sabía que no sería tan fácil».
Volví a mirar al niño. Levantó ligeramente la cabeza. Sus ojos azules, llenos de angustia, me observaban con desconfianza. Suspiré y, con un movimiento lento, me quité la capucha. El rojo escarlata de mi pelo brilló bajo la lámpara.
— ¿Y a alguien como yo?
Los ojos del niño se abrieron tanto que creí que se le saldrían.
— Eres… un Alto —susurró, con una mezcla de reverencia y terror.
— Shh. Es un secreto —puse un dedo sobre mis labios—. En Conil, tener este color de pelo es como llevar una diana en la espalda. Los Llaneros tienen razones de sobra para odiarnos, y no pienso darles otra.
El niño se quedó pensativo. Unos segundos después, apartó la mirada hacia el lado contrario al que estaba yo.
— Me llamo Cian —murmuró con una voz apenas audible.
— Encantado, Cian. ¿Te apetece ir a comer algo? Yo estoy hambriento.
Pero no podía dejar a Cian abandonado en ese rincón, sabiendo el tipo de gente que merodeaba por el pueblo a esas horas. Además, mi curiosidad me picaba. ¿Qué hacía un brillante tan lejos de cualquier ciudad?
— No me apetece nada —dijo con aspereza.
— Bueno. Pues esperaré hasta que tengas hambre.
— No hace falta, te puedes ir… —Sus tripas rugieron con tanta intensidad que se cortó a sí mismo.
— ¿Estás seguro de que no tienes hambre? —Solté una breve risa.
— Quizás tengo un poco —dijo avergonzado.
Me levanté y le ofrecí la mano para que me acompañara. Cian dudó unos segundos, pero finalmente la aceptó.
— Creo que es el momento indicado para usar esto —murmuré para mí mismo—, menos mal que Bram y Lyra me han dado un fragmento.
Mientras murmuraba, metí la mano en mi túnica para llegar al bolsillo interior. Saqué de él la bolsa que me había dado el matrimonio. La abrí y extraje una pequeña piedra translúcida, brillante, con imperfecciones de color ámbar. Volví a meter la bolsa en la túnica y saqué un pequeño artefacto, limpio pero desgastado por el uso. Tenía una forma irregular, con un mango para agarrarlo y un hueco en el centro.
Acerqué el fragmento pétreo al hueco del artefacto. Antes de que hiciera contacto, la piedra comenzó a brillar aún más, atraída por el hueco como si fuera un imán. Encajó a la perfección. Rápidamente acerqué el artefacto al pelo de Cian, pero él se apartó con rapidez.
— ¿Qué vas a hacerme con… eso? —preguntó con miedo.
— Tranquilo. No duele, solo cambiará el color de tu pelo para pasar más desapercibido. Aunque no sé qué hacer con tu ropa…
— No hace falta, estoy acostumbrado a que se burlen de mí.
— ¿No crees que es mejor no destacar? Te ahorrarías muchos problemas. Seguro que no quieres añadir uno más a la lista tan larga que llevas.
— Está bien… —dijo, resignado—. Gracias por esa empatía vacía.
«Empatía vacía… si supieras lo parecidos que somos.»
Cian se acercó un poco a mí, bajando la cabeza en señal de aprobación. El artefacto vibró en mi mano, despertando con el hambre de la piedra ámbar. Al acercarlo a su cabeza, no hubo chispas, sino un susurro de partículas doradas que se enredaron en su pelo azul como luciérnagas. Vi cómo el color se marchitaba, transformándose en un castaño aburrido y común. Cian se encogió, asustado, hasta que el fragmento se tornó negro y se deshizo en un polvo inútil.
Abrió los ojos lentamente, aún con los hombros encogidos por la tensión. Su mano temblorosa subió hasta su cabeza y tocó el cabello. Sus ojos, antes llenos de miedo, se abrieron de par en par. La sorpresa se reflejaba en ellos.
— Ya está —dije con una sonrisa—. Ahora eres uno más de nosotros. Un llanero más.
Cian se miró las manos, sus ropas, y luego me miró a mí.
— ¿Ya está? ¿Cómo lo has hecho? —preguntó con una voz llena de asombro.
— Simplemente cambié el color de tu pelo. Es lo que hace este artefacto, gracias a la energía del fragmento. Ahora, el único color que verán será el castaño —le expliqué con calma.
Cian salió corriendo en busca de un charco donde ver su reflejo. Se quedó observándolo en silencio, con una expresión entre extrañada y aliviada.
— Increíble… —murmuró, tocándose el cabello con asombro.
Parece algo sencillo, pero ese artefacto era bastante complejo. Yo no tenía ni el conocimiento ni las mañas para hacerlo. Mi Shofu, en cambio, poseía una gran capacidad para la creación de artefactos. Yo le tenía un especial cariño a este porque fue el primer artefacto que creó para mí. El que hizo para ayudarme a integrarme junto a los llaneros.
— ¿Vamos? Antes de que se haga más tarde —dije sonriendo.
Cian apartó la vista del charco y asintió en silencio. Después echó a andar a mi lado.
— ¡Sombrero! ¿Qué te trae por aquí? Hacía mucho tiempo que no venías. Oh, ¡y traes compañía! Así me gusta. Ya sabes, tráeme más clientes, que la hidromiel no se vende sola —me recibió Lisa, la dueña de la taberna mientras se reía con carcajadas exageradas.
— Ya… —dije, forzando mi sonrisa.
Nos encontrábamos en la taberna de los PiernaVieja. No me gustaba mucho este lugar; estaba algo sucio, tanto el establecimiento como los clientes que lo frecuentaban. El ambiente me repugnaba un poco, con la mayoría de la gente ya borracha.
Cian me miró con una cara extrañada, y yo le devolví la mirada. Ciertamente, la taberna solo se mantenía si había clientes, y en un pueblo como este, no había muchos. Por eso, Lisa me presionaba para que fuera. La parte buena de no tener dinero, es que podía usar esta 'excusa' para no ir a estos antros sin quedar mal.
— ¿Qué queréis? —Lisa nos ofreció la mano, señalando una mesa en la esquina de la taberna. La seguimos y nos sentamos donde nos indicó—. ¿Hidromiel? ¿Algo para comer? El asado de la casa está muy bueno.
Cian me miró con cara de preocupación, como si preguntara: ¿qué hago? Suspiré para mis adentros y le dije a Lisa:
— Dos estofados y un par de vasos de agua. Muchas gracias.
— ¡Marchando! —Se fue corriendo mientras tarareaba alegremente.
«Ah… Ahí van mis ahorros. Bueno, supongo que es una ocasión especial».
Cian observaba la taberna con una curiosidad evidente. Sus ojos recorrían las mesas, la barra y a los clientes que alzaban las jarras entre risas.
Me fijé en la dirección a la que Cian miraba. En esa dirección había dos hombres sentados en la barra, junto al camarero, bebiendo hidromiel y conversando a todo pulmón. Era imposible no escuchar lo que decían.
— ¡Que sí hombre, que sí! Los brillantitos van a estar en problemas dentro de poco. Eso quiere decir que podremos descansar de tanto impuesto durante un tiempo —dijo uno de los hombres en la barra, alzando su jarra.
— No me des esperanzas. Siempre estás con estas cosas y luego nunca suceden. Te crees muy profeta… —le respondió el otro.
— Pero créeme. Ya te digo que el heraldo de los Fluvius está a punto de morir.
— Normal, ha vivido muchos años. Pronto llegará el momento del relevo.
— ¡Eso es! Y cuando suceda, la familia estará demasiado ocupada buscando al relevo adecuado. A nosotros nos dejarán en paz porque somos menos importantes.
— Ya, claro. Como si fueran a olvidarse de recaudar impuestos.
«El heraldo…»
«Cada vez alguien pronunciaba esa palabra, el Shofu terminaba cambiando de tema antes de explicar nada importante.»
Noté que Cian apartaba la mirada de los hombres, clavándola en la pared con un suspiro.
«Conil pertenece a los Fluvius…»
Mi mirada se detuvo un instante en el cabello azul de Cian.
«Ya veo», comprendí por qué había apartado la vista.
— ¿Estás bien? —le susurré a Cian, inclinándome sobre la mesa.
— Sí, no te preocupes —respondió con la voz apagada, sin mover la cabeza.
Lisa volvió a la mesa, de nuevo tarareando. Dejó los platos y se fue, no sin antes lanzarme un beso con la mano.
«Quiero irme de aquí cuanto antes, Lisa no para de hacerme ojitos.»
Cian no pudo evitar mirar el estofado con hambre, a pesar de que no tenía muy buena pinta. Un breve instante después me miró, buscando mi aprobación para comer.
Le sonreí y señalé el plato con un leve gesto de la mano.
Cian se apresuró a meterse la cuchara en la boca y empezó a engullir.
— Ejem. ¿Por qué no me cuentas cómo has llegado a Conil? Quizás pueda ayudarte.
Cian no levantó la vista del estofado.
— Ah, lo dudo. Muchas gracias por tu ayuda. Pero en cuanto termine el plato, me iré de vuelta.
«Testarudo como él solo. Pero tranquilo, yo lo soy más».
— ¿De verdad? —pregunté, fingiendo sorpresa—. ¿Y cómo piensas volver? No creo que tengas dinero para el viaje. Y… Es de noche, no es seguro viajar solo. Al menos déjame ayudarte con la ropa. Si la gente te sigue viendo con esa ropa, van a pensar que eres un niño adinerado que se ha perdido y querrán ''ayudarte'' falsamente.
Cian por fin levantó la vista, sus ojos se veían cautelosos.
— ¿Quién me dice que no estás haciendo lo mismo? Aunque seas como yo, no me puedo fiar de ti.
«Pues… tiene un punto».
— Tienes razón, no me conoces de nada. Pero te aseguro que no tengo malas intenciones. Solo quiero ayudarte —le dije con sinceridad—. Además, hace mucho que no veo a nadie como yo, tengo algo de curiosidad.
Cian me miró fijamente, evaluándome. Después de unos segundos, asintió lentamente.
— Bueno, no creo que contarte lo que he vivido me quite mucho tiempo. Además, me has pagado la comida, te lo diré como agradecimiento. Así podrás saciar tu ''curiosidad'' —dijo Cian, volviendo a su estofado.
Asentí con una sonrisa. Cian solo negó con la cabeza y suspiró, dejando la cuchara reposar en el plato, aún humeante. Se aclaró la garganta y dijo:
— Vengo de Elysia.
«Elysia. La capital.»
— Imagino que conocerás ese nombre. Hace tiempo me encantaba, pero poco a poco lo estoy aborreciendo. Aunque no solo la capital, creo que todo el reino —dijo, sin levantar la mirada de la mesa.
— Hay muchas razones por las que podrías pensar que el reino es injusto. En parte te puedo comprender, pero ¿aborrecerlo?
— Lo aborrezco. No te puedes fiar de nadie. Ni siquiera en las personas más cercanas —respondió con amargura.
— Bueno… No hace falta que me cuentes con todo detalle lo que te ha sucedido. Pero, al menos, ¿podrías contarme cómo has llegado hasta Conil? —le pregunté, suavizando mi tono.
Cian suspiró levemente.
— Solo me escapé de casa porque… —Rechinó los dientes con sutileza— … mis padres son unos inútiles.
Los ojos de Cian se humedecieron un poco, y su voz se notó algo quebrada. Pero se recuperó rápidamente.
— Me subí a una carreta que llevaba mercancías para llegar lo más lejos posible.
«Escaparse de casa y recorrer medio reino…»
Noté que Cian no quería seguir conversando sobre ese tema. Tampoco quería meterme demasiado en su vida, pero al ser tan joven, me preocupaba.
— Está bien. No te preocupes, no te presionaré para que me cuentes más.
Cian asintió.
«Tiene que haber algo más.»
Me quedé pensativo, mirando hacia la mesa. Cian hacía lo mismo, pero se le notaba muy incómodo.
— Oye, Cian —le dije, intentando sonar casual—. ¿Sabes? Puedes quedarte conmigo un tiempo. No tienes por qué volver a la capital si no quieres.
La puerta de la taberna se abrió de golpe y varias conversaciones se interrumpieron por un instante.
— ¡Señora! Cuatro jarras de hidromiel por aquí.
— ¡Marchando! Eh, ¿cómo que señora? —preguntó Lisa.
Me giré hacia la puerta. Acababan de entrar cuatro individuos con barbas descuidadas y vestidos con armaduras.
«Vale, suficiente. Creo que ha llegado la hora de marcharse. No es buena idea que un niño esté en un ambiente de borrachos».
— ¿Cazadores? No encontraréis mucha acción por aquí —comentó Lisa, con una sonrisa forzada.
Alcé la mano para llamar la atención de Lisa, y ella, dejando a los barbudos, vino corriendo. Normal, recibir dinero era lo que más le gustaba.
— Diez monedas de plata, cariño —dijo mientras extendía la mano.
Cogí mi bolsa, abriéndola para encontrarme con la cantidad exacta que me había pedido.
— Agh… me está doliendo el bolsillo —murmuré, apartando la mirada.
Sin querer ver lo que sucedía, le di las diez monedas a Lisa.
— ¡Gracias!
Cogí el plato hondo, ya con solo el caldo del estofado, y me lo llevé a la boca para beberlo. Cuando volví a dejar el plato en la mesa, me fijé en el de Cian para ver cuánto le quedaba, sin querer presionarlo para que se levantara.
— ¿Eh? ¿Cuándo te lo has terminado? —dije, levantando la voz un poco, impresionado.
— Hace un rato.
«No ha dejado nada en el plato…».
Cian seguía en la misma postura, con la barbilla apoyada sobre el brazo y la mirada perdida en la pared. El plato vacío frente a él era la única prueba de que se había movido.
Me levanté y le hice una señal para que me acompañara. Mientras sostenía la puerta para que saliéramos, escuché la voz de Lisa desde el fondo de la taberna.
— ¡Vuelve pronto, Sombrero! —gritó con ganas.
Me giré para responderle.
— Sí… volveré.
En ese instante, una ola de sensaciones desagradables me invadió. La brisa helada de la puerta chocaba con el olor a hidromiel, y entre el bullicio de una disputa entre dos grupos en la taberna, sentí una mirada clavada en mi espalda, tan real como la punta de un cuchillo. Me giré lo justo para ver a uno de los cazadores; no estaba bebiendo, solo me observaba con unos ojos estáticos que parecían traspasar la capucha de mi túnica.
«¿Qué le ha picado a este tipo?»
Su mirada no se movía. Aguanté unos segundos antes de apartar la vista y salir con Cian de la taberna.
Al cerrar la puerta de la taberna, el crujido de la madera resonó en la calle. Me quedé pasmado unos instantes, con la sensación de la mirada del cazador aún clavada en mi espalda. Mis ojos se adaptaron lentamente a la tenue luz de la noche, y solté el aliento en mis manos, dejando ver el humo que confirmaba el frío.
— Está refrescando bastante —dije, mirando a Cian—. ¿No crees que deberías pasar la noche en mi cabaña? Mañana por la mañana decides lo que hacer.
Cian se quedó pensativo, con la mirada fija en el suelo.
— Está bien, te lo agradezco.
— Me alegro de que hayas tomado esa decisión —dije, comenzando a andar cuesta abajo por la calle empedrada. Cian me seguía a unos pasos de distancia—. Por cierto, ¿cuántos años tienes? —pregunté, intentando generar una conversación.
— Doce —respondió cortante.
«Doce años…»
— Doce, ¿eh? Eres más joven de lo que imaginaba.
«Cinco años menos que yo.»
— No me trates como a un niño.
«Definitivamente no le gusta que le recuerden su edad».
Caminamos varios minutos en silencio. Al llegar a las afueras del pueblo, tomé una de las lámparas que colgaban junto al camino para quienes debían viajar de noche. Después seguimos avanzando.
— ¿Por qué haces esto? —La voz de Cian se oyó, baja, casi un susurro.
— Porque alguien tenía que ayudarte.
— No te creo. La gente no es así —Su voz se elevó, alterada.
— Bueno, si te hace sentir un poco más tranquilo… —dije, con un tono más suave—. También me has recordado a cuando era un niño. Aunque no sé mucho de tu situación, me ha traído recuerdos muy similares a los que yo viví.
— Ya… Sigo sin creerme lo que me digas. No debería haberte preguntado. —Cian volvió a mirar al suelo.
— Espera un momento. —Me paré en seco.
Algo no encajaba. Al detenerme, se chocó con mi espalda y empezó a quejarse.
— ¿Qué haces? ¿Qué pasa?
— Cállate un momento —le susurré, interrumpiéndolo.
— No entiendo lo que ocurre.
— No hables —volví a interrumpir a Cian.
Alejé la lámpara.
La luz pareció apagarse varios pasos antes de lo que debería.
Fruncí el ceño.
Algo estaba absorbiéndola.
— No debería encontrarme con uno dentro del pueblo —murmuré, sorprendido.
Acerqué de nuevo la lámpara para corroborar lo que pensaba. Al instante, se escuchó un gruñido frente a nosotros.
— ¡Cian, aléjate! —grité, mirándolo brevemente para comprobar su posición.
La bestia saltó desde el vacío de las sombras, un borrón de pelaje y colmillos que se abalanzó contra mi pecho. Por instinto, levanté el bastón del Shofu para bloquear el ataque, pero una punzada de terror me detuvo el corazón. Si el peso de la bestia caía sobre él, se partiría.
En un movimiento suicida, solté la madera, dejando que el bastón cayera a salvo sobre la nieve, y ofrecí mi propio antebrazo a las fauces de la criatura. El crujido de los dientes al hundirse en mi carne fue un eco sordo bajo la túnica. Solté un grito que me desgarró la garganta, pero mientras el dolor me nublaba la vista, solo pude pensar en una cosa: el bastón estaba intacto.
— ¡Ahg!
«¡Maldición! ¿Por qué aquí?»
Si usaba mi fuego, alguien podía verlo. Si perdía el control…
«No. Cian está detrás de mí.»
Mientras intentaba forcejear con la bestia para que no siguiera presionando mi herida, mantenía un conflicto interno.
«¡Ahh! ¿Qué debería hacer? No debería poner en peligro a Cian. Pero cualquier decisión que tome, lo arriesga».
De repente, la presión desapareció.
La bestia dejó de gruñir.
Su cuerpo comenzó a deshacerse en ceniza negra que el viento arrastró por el camino.