Códice
Arco I | Cap. 5

Donde muere la chispa

Arco ICap. 5
02 Jun 2026

— ¿Qué es eso? ¿Un lobo? —Cian dio un par de pasos hacia atrás, con la voz temblorosa.

La poca luz de la calle no ayudaba, y la bestia sobre mí absorbía la que quedaba, dejando solo una silueta retorcida y amenazante. Yo seguía forcejeando, su peso me dejaba sin aliento y su gruñido se hacía más fuerte.

— ¡Agh! —grité de dolor.

Cian estaba paralizado, pero al instante sacudió la cabeza, como si se ordenara a sí mismo concentrarse.

— ¿Qué haces? ¡Si eres como yo, deberías poder encargarte de eso! —me gritó mientras apretaba los puños.

Sus palabras se perdieron entre el dolor y los gruñidos de la criatura. El ceño de Cian se frunció y al instante, miró hacia su mano vacía.

El peso de la criatura me aplastaba contra el suelo. Cada vez que intentaba apartarla, las fauces se hundían un poco más en mi brazo.

— ¡Apártalo! —gritó, pero no hubo respuesta—. Ah, luego no me digas que no te he avisado.

Gotas de agua comenzaron a condensarse, una tras otra, flotando sobre su palma. Giró la mano y extendió el brazo hacia donde yo me encontraba.

— Que no te dé, que no te dé, que no te dé… —murmuró mientras su mano temblaba visiblemente.

El agua se retorció en el aire mientras la fricción la convertía en una espiral afilada. En un parpadeo, se terminó de solidificar con un crujido seco. Un instante después, salió disparado hacia la bestia. Cian fue empujado levemente hacia atrás por el impulso del ataque. Sentí el silbido del aire y un roce helado en mi cuello. El proyectil de hielo atravesó la criatura, que de inmediato dejó de gruñir y de hacer presión sobre mi brazo. Un instante después, se desintegró en una ceniza negra.

Me quedé en el suelo, aturdido, mirando la nube de ceniza donde antes había estado el monstruo.

— ¿Qué…?

Las luces de las lámparas volvieron a brillar con su intensidad habitual. Me incorporé, sentándome con las dos manos en el suelo. Cian se acercó corriendo, con la voz temblorosa.

— ¿Estás bien? ¿Te he dado?

Comprendí por completo lo que acababa de ver.

Un niño de doce años había atravesado a un Úmbrio de un solo golpe.

Y además había estado preocupado por no darme.

— Estoy bien, gracias Cian.

— Menos mal.

El alivio apenas le duró un segundo. Al fijarse en la herida de mi brazo, su expresión volvió a endurecerse.

— ¿Qué era esa cosa? Y ¿por qué no has hecho nada? ¡Podría haberte hecho una herida mucho mayor, o matarte!

— Bueno, antes de nada. Gracias —le dije, mientras me levantaba de un salto.

Recogí el bastón y la lámpara del suelo y miré hacia todos los lados de la calle, para comprobar que nadie se hubiera percatado de lo ocurrido.

De repente, el crujido de una madera resonó al fondo de un callejón a nuestra espalda. Me tensé, apuntando con la lámpara hacia la oscuridad, pero solo vi el reflejo del agua sucia sobre los adoquines.

— De nada, supongo… Pero, ¡no has contestado a ninguna de mis preguntas!

Al recogerlo todo, volví a caminar como si nada hubiese ocurrido. Mientras caminaba, miré hacia mi brazo. Tenía la túnica rasgada por la mordida y empapada en sangre.

— Otra vez me está ignorando —murmuró Cian—. ¡Eh! ¿¡Sombrero!? Le llamaban Sombrero, ¿no?

— Perdona. Quiero llegar a casa cuanto antes. Se supone que los Úmbrios son solitarios, pero prefiero no tener que comprobarlo —le expliqué, sin detenerme.

— Así que eso era un Úmbrio. No los he visto nunca.

— Así se llaman. Les atrae la luz de una forma enfermiza. Cuanta más encuentran, más quieren. Por eso algunos los llaman parásitos de la luz.

Cian se mantuvo en silencio unos segundos, procesando la información, antes de que su tono volara de la curiosidad a la exasperación.

— ¿Y aún sabiendo eso no hiciste nada? ¿Por qué? ¡Si yo puedo hacer eso…!

— ¿Recuerdas por qué usé ese artefacto en tu pelo? ¿Y también por qué llevo capucha?

Cian asimiló mi pregunta por un instante.

— Porque no quieres que sepan lo que somos.

— Exactamente. Aligeremos el paso para no correr el riesgo de encontrarnos con otro de esos.

— Pero eso es una estupidez.

— Puede.

— Es una estupidez enorme.

— Probablemente.

Cian y yo salimos del pueblo y seguimos recorriendo el camino. En poco tiempo, dejamos atrás las luces de Conil, y solo nos alumbraban la luz de la luna y la lámpara que llevaba. Mientras caminábamos, notaba cómo su mirada volvía una y otra vez a la herida de mi brazo.

Cian no volvió a decir una sola palabra. El resto del camino transcurrió entre el crujido de la nieve y el balanceo de la lámpara.

— No es gran cosa, pero es mejor que dormir fuera. ¿No crees?

Nos encontrábamos justo en la entrada de la cabaña, alejada del pueblo, con solo un árbol frondoso a la vista.

Subimos un par de escalones de madera y abrí la puerta, que emitió un sonido chirriante. Una vez dentro, me acerqué al extremo izquierdo, donde se encontraba una pequeña vela. Presioné la mecha suavemente con la yema de los dedos, y esta se encendió rápidamente.

— En mi opinión es pequeña pero funcional. —Le hice una señal con el brazo, invitando a Cian a que mirase—. Aunque no sea como las casas del pueblo. O… como las de Elysia…

— Está bien, es mucho mejor que dormir en una carreta con heno —respondió, sin mostrar emoción.

«Para alguien de Elysia debe parecer un armario.»

Dejé salir una pequeña risa y me di la vuelta para dejar la lámpara sobre la mesa. Luego, encendí las demás velas para alumbrar algo más el interior. Mientras yo estaba de espaldas, Cian murmuró algo.

— Gracias…

Entre la distancia y lo bajo de su voz, no lo escuché bien.

— ¿Eh? ¿Has dicho algo?

— No, nada —respondió con rapidez.

— Bien, voy a buscar algo en el armario —dije mientras abría la puerta—. Acomódate un poco, que te veo algo tenso. Puedes dormir en la cama del fondo.

La cabaña era pequeña y claramente estaba pensada para una sola persona. Junto a la entrada había una mesa con dos sillas y una estantería llena de libros. Al fondo se encontraban las camas y un armario donde el Shofu guardaba ropa, herramientas y otras cosas que jamás conseguía ordenar.

— ¿En esta? —preguntó Cian, señalando una de las camas más cercanas.

— Sí… bueno, espera. Mejor en la del fondo.

Unos segundos después encontré lo que buscaba.

— Ah… Qué nostalgia, hacía mucho que no veía esto. No entiendo por qué el Shofu no lo ha tirado todavía.

Saqué una prenda de vestir, un pijama para ser exactos, aunque a mí ya no me cabía.

— Aquí tienes, está limpio. No lo uso desde hace unos cuantos años.

Me acerqué y puse el pijama sobre la manta de mi cama.

— Como no tenemos chimenea, seguramente pasarías algo de frío con solo la manta y la ropa que llevas, que está destrozada, por cierto…

«Y llena de barro, pero eso mejor me lo guardo.»

— Vale. —Cian asintió con la cabeza.

— Mañana te conseguiré algo de ropa. Aunque lavásemos y arreglásemos la que llevas ahora, no pegaría mucho con el estilo de Conil. —Sonreí a Cian, intentando que captara la broma— Bueno. Saldré fuera un momento mientras te cambias. Voy a comprobar cómo está la herida.

En cuanto Cian escuchó la palabra 'herida', se giró instantáneamente. Salí y me apoyé en la barandilla de la pequeña terraza. Miré hacia el cielo estrellado y solté un poco de aliento; mientras se evaporaba, subí el brazo derecho.

«¿Qué hago con la túnica ahora? Quizás le pida a Lyra que me la cosa.»

Me arremangué la túnica con cuidado. Las marcas de los colmillos seguían allí.

«Menudo mordisco me he llevado de gratis», pensé, recorriendo con la vista los bordes de la herida. Era profunda, pero, como de costumbre, la sangre había dejado de brotar, dejando solo una marca seca. «Bueno, mejor no quejarse. Al menos sigo teniendo el brazo pegado al cuerpo».

Justo cuando iba a bajar la tela, algo llamó mi atención entre las raíces del árbol. Me había parecido ver un destello.

— ¿Y eso? —susurré, girándome de golpe hacia la maleza.

Permanecí unos segundos observando el árbol. Nada. Negué con la cabeza.

«Necesito dormir más.»

Bajé el brazo, ocultando la herida, y volví a apoyarme en la barandilla, sintiendo el frío de la madera contra mis brazos.

— Hah… Lyra me va a regañar mañana. —Dejé escapar un suspiro.

Entré de nuevo en la cabaña y me encontré con Cian acostado. Cerré la puerta, intentando hacer el menor ruido posible. Cogí una manta del armario, me acosté en el suelo.

«El suelo está frío…»

Doblé la mitad de la manta para colocarla bajo mi espalda y me cubrí con el resto.

Pasados unos minutos, se escucharon unos susurros.

— ¿Estás… dormido?

No respondí.

— Pss, ¿estás dormido?

No contesté.

— Muchas… Gracias.

Hubo un silencio.

— Gracias, Sombrero.

«No hay de qué, Cian».