Códice
Arco I | Cap. 7

Los cazadores nunca mienten

Arco ICap. 7
23 Apr 2026

— ¿Crees que Lyra estará bien mientras estamos fuera? Seguramente nos tome todo el día —comenté.

— A mí también me inquieta un poco. Pero ya ves lo enérgica que está; no creo que le llegue la hora todavía. Además, se queda con Cian —respondió Bram.

— Ya… Espero que no decida nacer justo hoy.

— Deberías estar más preocupado por Cian que por Lyra. No paraba de insistir con que debía irse ya. Menos mal que se calló en cuanto se dio cuenta de que Lyra se iba a quedar sola.

Un tañido atronador resonó a lo lejos. Era la campana de Conil avisando de que pronto serían las once. Bram y yo llevábamos un rato conversando mientras caminábamos en dirección a la plaza. Habíamos salido con tiempo de sobra, una auténtica anomalía teniendo en cuenta que Bram nunca llegaba puntual a ninguna parte. Estaba claro que el asunto con el cazador y las monedas lo tenía inquieto.

— Tienes razón. Bueno, al menos pudimos convencerle, un poco por la fuerza, de que él era el único que podía quedarse a cuidar de Lyra. Así se queda en el pueblo por lo menos un día más.

«Al final se cansó de discutir y simplemente se calló.»

— ¿Y qué harás después? Está claro que quiere marcharse de aquí. Mencionó algo de ''volver'', pero es un viaje demasiado largo. Sé que no vas a dejarlo solo, y tampoco creo que tengas pensado irte de Conil…

— Ya… Bueno, ese es un problema para el Sombrero del futuro —respondí, tratando de quitarle hierro al asunto—. Ahora tenemos otro problema más grande.

De repente, el aroma del pan recién horneado llegó hasta nosotros. Bastó una bocanada para reconocerlo: en la panadería acababan de sacar la primera hornada del día.

La nariz de Bram se movió por instinto.

— ¡Pan! ¡Sombrero, es pan! —gritó mientras salía corriendo hacia la plaza como un niño pequeño.

— Sí… es pan —murmuré para mis adentros—. Se nota que no sale de la tienda ni para que le dé el aire. En fin, por mucho que corra, no le va a servir de nada.

Debido a lo bueno que estaba, cada mañana se formaban colas absurdamente largas frente al establecimiento.

Poco después, alcancé finalmente la plaza de Conil. Como la calle por la que subíamos era empinada, no pude apreciar la cantidad de gente que se había congregado hasta que puse un pie en el llano. La plaza estaba rebosante de vida; algunos vecinos deambulaban entre los puestos del mercado haciendo sus compras, pero la gran mayoría se agolpaba frente a la panadería 'La Caprichosa'.

— ¿De dónde ha salido tanta gente? —me pregunté.

Yo nunca solía pasear por el pueblo a estas horas; de hecho, eran contadas las ocasiones en las que subía hasta la plaza durante el día.

— Y que lo digas. Hay demasiada gente —respondió una voz a mi lado.

— Sí… ¿Eh?

Me di la vuelta sobresaltado. Bram se había esfumado, así que no esperaba que nadie me respondiera tan de cerca.

— ¿Oh? Le he asustado. Lo siento mucho, no era mi intención en absoluto.

Era Al. Tenía pensado buscarlo por mi cuenta, ya que era la hora acordada, pero parece que él me había encontrado primero.

«Sigo sin saber qué pensar de él. Quizá solo estoy siendo paranoico.»

— No se preocupe. Simplemente no esperaba tener a nadie a la espalda. Iba a buscarle mientras esperaba al grandullón.

El cazador vestía un atuendo distinto. Esta vez llevaba algunas protecciones de metal, una armadura que parecía ligera y flexible. La chaqueta de cuero que lucía antes en la tienda la llevaba ahora sobre los hombros, dejándola caer con elegancia.

«¿Cómo es posible que no se le caiga la chaqueta?» me pregunté mientras observaba su forma de caminar. Todo en él parecía calculado: su postura, su forma de expresarse, incluso la manera en que llevaba la ropa.

«Anoche estaba con los otros cazadores en PiernaVieja. Sin embargo, ninguno de ellos daba esta impresión.»

— Por cierto, mencionó que estaba esperando a su padre… Bram se llamaba, ¿es así?

— Bueno… sí. Ha ido a comprar algo de comida para el viaje.

— Bien, aunque de eso ya me he encargado. Puesto que he solicitado vuestra ayuda, qué menos que costear los víveres para el trayecto. Están en la carreta, ahí abajo, cerca de la plaza.

— Debería habérselo dicho antes. Hacia donde nos dirigimos no podremos usar carretas ni caballos; el terreno es demasiado irregular. La ruta va por el sur del pueblo, todo cuesta arriba. La carreta nos habría servido si la cueva estuviera en el lado opuesto, donde sí hay llanuras.

— Entiendo… No se preocupe. Fue culpa mía por marcharme de su tienda con tanta prisa para prepararlo todo. Siendo así, podríamos haber traído a los chicos para que nos acompañaran —murmuró para sí mismo.

— ¿Chicos? —pregunté casi por inercia.

— Perdóneme. Estaba pensando en voz alta. Me refiero a los hombres que me acompañaban en la taberna.

«¿Nos habrá reconocido? Imposible saberlo.»

— Ah… Sí, los cazadores —respondí.

En el momento preciso, escuché una voz a mis espaldas que rompió la tensión de golpe.

— ¡Sombrero!

— ¡Oh! Ahí viene —dijo Al, dirigiendo la mirada hacia mi espalda con una leve sonrisa.

Al girarme, vi a mi amigo corriendo hacia nosotros, visiblemente exhausto.

— ¿Bram? ¿Pero qué te ha pasado?

Tenía varias marcas rojizas en la cara, el pelo revuelto y la ropa algo descolocada.

— Me he tenido que pelear con dos abuelas, pero aquí está el pan —anunció orgulloso, alzando una bolsa con un par de barras recién horneadas.

Al soltó una risa breve y yo no pude evitar hacer lo mismo, aunque terminé tapándome la cara con la mano por la vergüenza.

— Me han dado con los bolsos. Y un abuelo me ha sacudido con su bastón…

Al volvió a soltar una risa honesta y, al terminar, comentó:

— Parece que nos llevaremos de maravilla, señor Bram. Ya me habían dicho que eras el alma de este pueblo.

— ¿Eh? ¿Quién le ha dicho eso?

Al rió con ganas antes de responder.

— Bien, ¿nos ponemos en marcha? —preguntó Al, dirigiendo su mirada hacia mí—. Podemos ir hasta la carreta y recoger algunos suministros.

Me dio la impresión de que, desde ese instante, empezó a tratarme como al 'adulto' del grupo. Pobre iluso.

— ¿Cómo? ¿Habéis comprado más comida? —preguntó Bram, profundamente decepcionado.

— Dudo que dos barras de pan nos basten para todo el día —le respondí, para luego dirigirme a Al—. Bram trae una mochila. Aunque no es muy grande, podríamos meter lo estrictamente necesario para el viaje.

Asintió y se acercó a Bram con un gesto amigable.

— Bueno, tampoco podemos desperdiciar el pan que ha traído, amigo mío. Dicen que es la especialidad de Conil. Aprovechemos y comámoslo ahora, que aún está caliente.

Bram recuperó la ilusión de inmediato, sintiendo que su esfuerzo no había sido en vano, y repartió el pan entre nosotros.

Al dio un primer bocado y arqueó las cejas con sorpresa.

— Ahora entiendo por qué casi pierde la vida por conseguirlo.

Bajamos hacia la carreta mientras comíamos. No era casualidad que media plaza se hubiera peleado por conseguir aquel pan.

Después, comenzamos el ascenso atravesando Conil hasta alcanzar los límites del pueblo. Durante el trayecto, mi compañero y yo íbamos delante conversando, mientras Al caminaba unos pasos por detrás, siguiéndonos el ritmo.

Aunque empezaba a sentirme algo más tranquilo en su presencia, seguía notando de vez en cuando el peso de su mirada sobre mí.

Varias veces me giré por pura curiosidad y lo encontré observándome. No parecía desconfiado ni hostil. Más bien tenía la expresión de alguien que intenta encajar una pieza en un rompecabezas y no termina de decidir dónde pertenece.

Era una sensación incómoda, difícil de explicar.

— ¡Ay, mi chico! Todavía no te asoma ni un pelo de barba. Estoy ansioso por enseñarte el 'arte del afeitado'. Aunque muchos dicen que usar una navaja es lo mejor, ¡no es cierto! Ya te digo yo que mi ingenioso artefacto para afeitarse es muy superior. ¡Que ellos usen un alfanje si quieren!

— Pero… ¿de qué estas hablando ahora?

«¿Cómo se supone que tengo que responder a eso? Es verdad que todavía no me ha crecido la barba, pero…», pensé mientras mi improvisado socio continuaba con su discurso. No sabía cómo habíamos llegado a ese punto, simplemente ocurrió. A menudo pasaba lo mismo: Bram soltaba lo primero que se le pasaba por la cabeza y empezaba a divagar sin parar.

De pronto, el cazador soltó una carcajada que resonó con fuerza. Ambos nos detuvimos y nos giramos para mirarle.

— ¡Oh! Lo siento, discúlpeme. No deberíamos hablar de estas cosas delante de usted —dijo Bram con un tono algo apurado, tratando de disculparse.

Al, terminando de reír, respondió:

— Ah, no se preocupe. Es solo que me ha sorprendido la naturalidad y el cariño que transmiten. Es envidiable la relación de padre e hijo que tienen.

— Entiendo. Aunque… lo cierto es que no somos padre e hijo —murmuró mientras me miraba de reojo.

— Pensaba que sí. Se comportan completamente como tal.

— Bueno… es que nos conocimos cuando él aún era un niño. Quizá por eso lo parece.

— Curioso —murmuró Al. Luego negó con la cabeza—. Dejen las formalidades, por favor. Será un día muy largo. Si les he incomodado con mi forma de expresarme, les pido perdón; es la costumbre. Es sencillamente mi manera de hablar.

— Está bien, tienes razón —comentó Bram.

Poco a poco nos fuimos alejando de Conil. A medida que avanzábamos, el sendero se volvía más sinuoso hasta que, finalmente, desapareció. En ese punto, continuamos siguiendo el curso del río hacia arriba. Teníamos que apartar la vegetación y pisar con firmeza, tratando de no resbalar en el suelo húmedo y traicionero del bosque.

Tiempo después, dejamos atrás la espesura y llegamos a una llanura abierta. Al levantar la vista, nos topamos con las Montañas Gemelas en el horizonte. Eran dos picos colosales, inusualmente idénticos, que se alzaban uno junto al otro. El mismo río que nos servía de guía fluía justo entre ambas. El hecho de verlas significaba que ya habíamos recorrido más de la mitad del trayecto.

— Uff… Por fin… ahí están… —jadeó Bram, apoyando las manos en sus rodillas para recuperar el aliento.

Aquel ascenso bajo el frío invernal, sumado al esfuerzo constante por no caer, resultó agotador. Al y yo estábamos cansados, pero aún podíamos seguir caminando sin problemas. Bram, en cambio, se apoyaba sobre las rodillas intentando recuperar el aliento.

— ¿Cómo es posible que estés tan agotado? Si hemos hecho el mismo camino… y tú siempre rebosas energía en todo momento —le pregunté, extrañado.

— No sé qué puede ser. Quizás la mochila, que pesa un poco —respondió, intentando recuperar su compostura habitual.

— ¿Podría dejármela? No creo que sea una molestia. Podemos turnarnos —ofreció Al, extendiendo la mano para tomar la carga.

— Al, no te preocupes. La llevaré yo. Nos iremos turnando, que ya queda menos para llegar.

Al asintió y me acerqué a la espalda de Bram para relevarle.

— No debería pesar tanto, solo son provi… —murmuré, pero no pude terminar la frase. En cuanto Bram soltó las correas y el peso recayó sobre mis brazos, la mochila se desplomó como una piedra y casi me arrastró las manos con ella.

— ¡Pero qué…! ¿Qué narices llevas aquí dentro? ¿No se supone que eran solo provisiones?

Al tenía los ojos como platos, incapaz de dar crédito a lo que acababa de pasar. Abrí el compartimento principal; lo primero que asomó fue un montón de fruta, pero al rebuscar en el fondo, mi mano chocó con algo metálico, sólido y excesivamente pesado.

— Solo llevo lo estrictamente necesario para el viaje —insistió Bram, con una expresión de absoluta inocencia.

— Eso… ¿eso es una sartén? —preguntó Al, asomándose con curiosidad a la mochila.

— Sí, es una sartén —respondió Bram con total parsimonia.

Extraje el pesado utensilio de hierro y me quedé mirándolo fijamente durante unos segundos, con el rostro completamente inexpresivo.

— ¡¿Por qué traes una sartén?! ¿Qué piensas hacer con ella? ¡¿Freír huevos en mitad de la montaña?! —bramé en dirección al muro de músculos de mi amigo, agitando la sartén en el aire como si fuera una maza.

Bram retrocedió un par de pasos, asustado. Al, por su parte, ya no pudo contenerse más y estalló en una carcajada limpia y sonora.

— Es que… la metí junto a la olla, por si acaso…

— ¿Qué olla?

— La olla a presión.

— ¡¿Una olla a presión?! —rugí, volviendo a sumergir el brazo en las profundidades de la mochila para comprobar si era cierto.

La risa de Al se intensificó, llenando la llanura. Lo más curioso era que, incluso desternillándose de risa, no perdía ese aire distinguido y señorial que lo caracterizaba.

Obligué a Bram a abandonar los utensilios más pesados en mitad de la llanura, con la promesa de recogerlos en el viaje de vuelta. Tras el 'aligeramiento', la mochila quedó con un peso mucho más razonable. Me la cargué a la espalda y reanudamos la marcha, aunque Bram no dejaba de mirar al suelo con una tristeza cómica.

— Hacía años que no me reía de tal forma. Debería pagaros más; está siendo un viaje extremadamente divertido gracias al señor Bram —comentó Al con una sonrisa sincera.

— Sí… Bram es, cuanto menos, alguien interesante —respondí dejando escapar un suspiro.

Continuamos el camino, aunque Bram permaneció inusualmente callado. Eso permitió que Al y yo conversáramos bastante, pero yo seguía teniendo sentimientos encontrados. Al se mostraba cercano la mayor parte del tiempo, pero a veces sus ojos castaños perdían todo rastro de calidez. Era algo breve; un instante en el que su expresión se vaciaba por completo antes de volver a la normalidad.

No sabía por qué, pero aquello me incomodaba.

Finalmente dejé de observarlo y fijé la vista en el terreno que teníamos por delante.

En cuanto dejamos atrás las faldas de las Montañas Gemelas, me detuve y les hice una seña para que hicieran lo mismo.

— Estamos cerca de la cueva. Antes de entrar, hay algo que quiero preguntarte, Al.

— ¿Sí?

— Llevo todo el día intentando entender qué haces exactamente aquí. Y también por qué viniste a buscarnos a nosotros.

— ¿A qué te refieres, muchacho? Hemos venido a inspeccionar la cueva para comprobar si existe esa anomalía de condensación.

— Sí, eso ya lo sé. Pero llevas comportándote de forma extraña todo el día. ¿Y por qué nosotros? ¿Quién te habló de Bram exactamente?

Al tardó un instante más de lo normal en contestar.

— Entiendo tu desconfianza hacia mí. Los cazadores no gozamos de buena reputación, ¿verdad?

— Me da igual si eres cazador o no. Solo quiero saber si nos estás mintiendo.

Bram dejó de estar cabizbajo en cuanto escuchó mis palabras cargadas de recelo. Nos miró a ambos, intentando mediar sin éxito. Al, por su parte, bajó la cabeza un instante antes de clavar su vista en la mía.

— Escúchame bien, chico. En primer lugar, solo he venido a hacer mi trabajo. Te puedo jurar que no te he mentido en ningún momento.

Al sostuvo su mirada sin pestañear.

— Porque los cazadores nunca mienten.

Hizo una breve pausa.

— Aunque, si he de ser sincero, creo que quien más teme a la verdad en este momento no soy yo.

«¿Acaso… sabe quién soy?»

Por primera vez desde que conocí a Al, no supe qué responder.

Notas del Autor

Registro de avistamiento #12: El Úmbrio Los Úmbrios no buscan carne, buscan el calor que el mundo nos niega. Se dice que son la manifestación física de la envidia: criaturas vacías que intentan devorar la luz ajena porque, en el fondo, saben que nunca podrán producir la suya propia.