El precio de un segundo eterno
Las palabras de Al me acompañaron durante el resto del trayecto.
Después de aquel incómodo intercambio, habíamos hablado unos minutos más. Sin embargo, eran sus últimas respuestas las que seguían resonando en mi cabeza.
Quien más teme a la verdad no soy yo.
Solo… quería asegurarme de que podía confiar en ti.
No sé si puedes hacerlo. Esa es una decisión que te pertenece solo a ti. Pero puedo intentar ayudarte a que tomes la decisión correcta.
La leve sonrisa que acompañó aquellas palabras había conseguido disipar parte de la tensión.
Apreté el paso para adelantar al cazador y volver a encabezar el grupo.
Bram aprovechó el momento para acercarse y susurrarme al oído con tono de reproche:
— Sombrero, ¿por qué le has preguntado eso? Parece un buen tipo.
— No lo sé, Bram. Simplemente no me ha dado buena espina en todo el tiempo que llevamos juntos. Olvídalo, serán tonterías mías… Vamos, sigamos —le respondí.
— Ya hemos llegado —dije, parándome en seco.
Frente a nosotros se abría la entrada de la cueva: una boca inmensa, como si un gigante hubiera arrancado un pedazo de la montaña de un mordisco. La profundidad era tal que el interior se perdía en un negro absoluto; un vacío que imponía un respeto instintivo.
— Es inmensa… ¿La cueva es igual de grande por dentro? —preguntó Bram, con un hilo de voz.
— Nunca la he explorado. Solo sé lo que contaron unos espeleólogos que pasaron por el pueblo hace tiempo buscando núcleos pétreos. Unos ilusos, la verdad —expliqué, girándome hacia él—. Dijeron que la cavidad se estrecha a medida que avanzas, ramificándose en túneles que desembocan en cámaras naturales. Por cierto, se marcharon con las manos vacías.
— Mmm, ya veo.
— Magnífico, nuestro trabajo es verificar si la anomalía es real. Lo lógico es que encontremos aurífagos. Debemos andar con pies de plomo, aunque si no hay una alteración grave, no deberían suponer un gran problema.
— Tengo una duda, Al —intervino Bram.
— Dígame, señor Bram.
— ¿Qué es exactamente una anomalía?
— Oh, perdónenme. Llevo todo el camino hablando de ello y olvido que no sois cazadores.
Al hizo un gesto con el brazo instándonos a avanzar y tomó la delantera. En cuanto la luz del día quedó reducida a un punto lejano, el aire cambió; se volvió espeso, cargado de un olor a tierra mojada y salitre que se me pegaba a la garganta. Cuando la claridad terminó de morir a nuestras espaldas, busqué la lámpara que colgaba de mi mochila y la encendí.
El resplandor súbito reveló una humedad que no solo perlaba mi frente, sino que pegaba la túnica a mi piel, volviéndola pesada y fría. A cada paso, el goteo rítmico de las estalactitas resonaba como un metrónomo en el vacío, amplificando el eco de nuestros propios corazones. Al ver la llama, el cazador me tendió la mano en un gesto mudo; casi sin pensar, se la entregué. Él continuó la marcha, usando la luz para abrirse paso entre las sombras mientras explicaba:
— Sabéis qué son los aurífagos, ¿verdad? Básicamente, son bestias formadas por la condensación de esencia áurea sobrante en el ambiente. Requieren condiciones muy específicas para manifestarse y, curiosamente, su composición es casi idéntica a la de los núcleos pétreos.
Al se detuvo un segundo para iluminar una estalactita antes de proseguir:
— Una anomalía es cuando esa condensación deja de comportarse como debería. Nacen demasiados aurífagos, o aparecen demasiado deprisa. En los peores casos, ambas cosas ocurren a la vez.
— Uf… si encontrarse con uno ya es peligroso, no quiero ni imaginarme a decenas de ellos juntos —murmuró Bram, visiblemente inquieto.
— Exacto. Por eso el Gremio de Cazadores prioriza estas misiones antes de que la situación se vuelva imparable. Hace unos días se ofreció una recompensa por investigar este lugar y… bueno, aquí nos encontramos.
— Vale, pero si resulta que hay una anomalía aquí… ¿qué hacemos? No creo que podamos acabar con ella nosotros solos —aventuró Bram, con la voz temblorosa por el nerviosismo.
Al dejó que la luz recorriera lentamente las paredes de la cueva antes de responder.
— No, no. Solo os he pedido que me traigáis hasta aquí. Si confirmamos que existe, daremos media vuelta y prepararemos una expedición completa con mis compañeros para dentro de unos días.
Seguimos adentrándonos en las profundidades de la montaña. Tal como habían descrito los espeleólogos, el techo empezó a descender y las paredes se estrecharon, obligándonos a caminar casi en fila india. El sudor empezó a perlar nuestras frentes; no era por el esfuerzo, sino por el repentino aumento de la humedad que saturaba el aire. Tras unos minutos de avance agobiante, llegamos a una encrucijada.
— Hay dos caminos… ¿Por cuál deberíamos seguir? —preguntó Bram, deteniéndose.
— Esperad. Un momento…
Al se adelantó lentamente hacia el centro de la bifurcación. Cerró los ojos y comenzó a olfatear el aire que emanaba de cada túnel con una precisión casi animal.
«¿Qué demonios está haciendo?»
En cuanto se inclinó hacia el camino de la derecha, se sobresaltó, pero no por miedo.
— ¡Huele a azufre. Es una revelación verdaderamente sorprendente… Así que estabas aquí!
«¿Estabas aquí? ¿Con quién demonios estaba hablando?»
Sin mediar palabra, se lanzó a la carrera adentrándose en la oscuridad del túnel derecho.
— ¡Al! ¿Qué haces? ¡Espera! —grité, sintiendo cómo el pánico empezaba a burbujear en mi pecho —. ¡Bram, sígueme!
Eché a correr tras el cazador, tratando de no perder de vista el débil rastro de luz que dejaba su figura al alejarse.
A medida que avanzábamos, el túnel se volvía cada vez más estrecho; cuanto más intentaba correr, más me lo impedían las paredes que parecían cerrarse sobre mí. De repente, el suelo desapareció bajo mis pies y caí un par de metros de golpe.
— ¿Dónde estamos? —balbuceé, tratando de recuperar el aliento.
Al se encontraba a unos pasos delante de mí, iluminando el lugar con la lámpara que le había entregado.
La luz apenas alcanzaba a revelar la inmensidad de la cámara en la que habíamos caído. La transición era impresionante: un segundo estábamos atrapados en túneles asfixiantes y, al siguiente, nos rodeaba un vacío inmenso.
— ¡Sombrero! No veo apenas nada, ¿qué es este sitio? —preguntó con impaciencia mientras terminaba de descender con torpeza.
Bram aterrizó a nuestro lado un instante después.
— Al, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué saliste corriendo de esa forma? —pregunté, avanzando lentamente hacia su espalda.
— No se muevan. Quédense atrás un momento —ordenó Al sin girarse, moviendo la lámpara en varias direcciones—. Parece que todavía hay un obstáculo antes de dar caza a esa escoria —terminó con un susurro gélido.
Bram y yo nos quedamos petrificados, obedeciendo por instinto.
«¿De qué está hablando este tipo? ¿Qué 'escoria'?»
De pronto, el silencio de la cueva se quebró por unos gruñidos sordos que vibraban en las paredes. Al mismo tiempo, la luz de la lámpara que sostenía Al comenzó a parpadear y a atenuarse, como si las sombras mismas se la estuviera tragando.
— Agh… Esto es un problema serio —murmuró Al mientras dejaba la lámpara en el suelo lentamente. Acto seguido, aferró la empuñadura de su espada con ambas manos, tensando los músculos de sus hombros.
— Bram, esto no pinta nada bien. Quédate detrás de mí —dije sin apartar la vista de la oscuridad, apretando la mandíbula mientras sentía cómo mi piel se erizaba.
El silencio se volvió sólido, pesado como el granito que nos rodeaba. Durante unos segundos eternos, ninguno de los tres se atrevió a respirar con fuerza. La presencia que nos acechaba parecía haber congelado el tiempo. Aun así, el aire seguía vibrando con una hostilidad palpable. A nuestros pies, la llama de la lámpara languidecía, reducida a un débil fulgor azulado que apenas lograba herir la oscuridad.
«Es ahora o nunca. Si esa cosa se mueve cuando estemos a ciegas, estamos muertos.»
Al ladeó la cabeza un milímetro, cruzando su mirada con la mía. Fue un gesto imperceptible, pero cargado de urgencia: debíamos retroceder hacia la grieta por la que habíamos caído. Con lentitud, Al se agachó para recuperar la lámpara del suelo, manteniendo su espada extendida.
En cuanto sus dedos rozaron el metal frío del quinqué, el silencio se rompió. Pero no fue un rugido lo que rasgó el aire, sino un sonido completamente fuera de lugar.
Un cacareo.
«¿Qué…?»
De la negrura más absoluta emergió un Úmbrio. Era una mancha de vacío, una criatura con forma de lobo cuyos ojos parecían dos fisuras abiertas en la oscuridad. Se movía con una fluidez antinatural, absorbiendo el poco brillo que quedaba a su alrededor. La bestia se impulsó desde una saliente rocosa, proyectándose como una flecha negra directamente hacia el cuello de Al.
Fue entonces cuando vi al cazador en acción.
Al no retrocedió. Se plantó como un roble.
El siseo del acero al salir de la vaina fue seguido por un tajo ascendente tan limpio que pareció cortar el aire mismo. Solo se escuchó un sonido seco, como el de una lona rasgándose, antes de que el Úmbrio se deshiciera en una lluvia de ceniza grisácea que se desvaneció antes de tocar el suelo.
Sin embargo, tras el rastro de la bestia, algo pequeño y plumífero correteó por el suelo, piando con desesperación.
— ¡¿Qué hace una gallina en este agujero?! —grité, entre el asombro y la histeria, mientras señalaba al animal que se ocultaba tras una piedra.
— ¡Eso no importa ahora! ¡Corred! —bramó Al, cuya voz recuperó toda su autoridad.
Sacudió la lámpara con frustración, pero la luz se negaba a volver a la normalidad, señal de que aquel Úmbrio no era, ni de lejos, el único depredador que habitaba la cámara.
En cuanto nos dimos media vuelta para huir, Bram, que ahora iba en cabeza, soltó un grito que me heló la sangre.
— ¡Parad! ¡Hay otro justo delante!
— ¡Bram, cuidado! —rugí, lanzándome hacia él con los pulmones ardiendo.
No era solo uno. De las grietas de la pared y de las sombras más densas del techo emergieron otros cinco Úmbrios. Sus siluetas de brea se recortaban contra la agonizante luz de la lámpara, rodeándonos en un círculo de vacío absoluto. Individualmente no parecían rivales para un cazador. Pero en aquella penumbra absoluta nosotros sí lo éramos; cada criatura actuaba como un sumidero que devoraba la poca visibilidad que nos quedaba.
El Úmbrio que acechaba a Bram no esperó. Se impulsó, lanzando sus fauces directamente al rostro de mi amigo. Reaccioné por puro instinto: le agarré del hombro con todas mis fuerzas y tiré de él.
Ambos caímos pesadamente, rodando por el suelo rocoso.
— ¡Al! —grité con todas mis fuerzas desde el suelo.
Al pivotó sobre su eje con una velocidad sobrehumana. Su espada no solo se movió; cantó al rasgar el aire. Antes de que el Úmbrio que nos había atacado pudiera tocar el suelo, el acero de Al lo interceptó en pleno vuelo, dividiendo la mancha de oscuridad en dos. Una nueva lluvia de ceniza cayó sobre nosotros mientras la criatura se desvanecía en la nada.
Bram y yo nos pusimos en pie de un salto. En aquel círculo de sombras, las bestias no nos darían tregua. Antes de que pudiéramos siquiera recuperar el aliento, uno de los Úmbrios se proyectó contra nosotros. Al lanzó un tajo descendente para interceptarlo, pero el sonido que siguió no fue el siseo del acero cortando aire, sino un crujido seco.
La bestia había atrapado la hoja de la espada entre sus mandíbulas.
Al frunció el ceño.
— No…
El Úmbrio apretó más fuerte.
— Están aprendiendo… —murmuró Al, con los dientes apretados por el esfuerzo.
Se me encogió el estómago.
«¿Cómo que están aprendiendo?»
Sin perder la calma, el cazador soltó una mano de la empuñadura y descargó un golpe con el antebrazo izquierdo, desplazando el centro de gravedad de la criatura. En cuanto el Úmbrio perdió el equilibrio, Al recuperó el control de su arma y, con un movimiento circular, le atravesó con su espada. La bestia se deshizo en ceniza antes de tocar el suelo, pero el alivio duró poco.
Las tres sombras restantes se detuvieron. Un silencio antinatural inundó la cámara, roto solo por un gruñido gutural que parecía nacer del mismo suelo.
El Úmbrio que se encontraba más alejado comenzó a avanzar, pero no hacia nosotros.
Sus ojos estaban fijos en uno de los otros Úmbrios.
Con una ferocidad ciega, se abalanzó sobre él y le cerró las fauces sobre el cuello.
— ¿Pero, por qué? ¡Se está comiendo a uno de los suyos! —gritó Bram, retrocediendo un paso, horrorizado por la escena.
— Sí. Se está volviendo más fuerte —respondió Al.
A diferencia de los anteriores, el Úmbrio caído no dejó cenizas que se desvanecieran en el aire. En su lugar, cuando su cuerpo desapareció brotó un rastro de bruma negra que fue absorbida instantáneamente por el atacante. El efecto fue inmediato: los ojos de la bestia brillaron y sus músculos parecieron hincharse bajo su piel de sombra. Sin darnos tiempo a reaccionar, se lanzó sobre el tercer compañero para repetir el proceso.
— Absorben la esencia de lo que 'comen' —explicó Al con voz grave, mientras el Úmbrio crecía en tamaño y oscuridad ante nuestros ojos—. Por eso los aurífagos más fuertes son aquellos que más vidas han arrebatado. Temía que esto sucediese aquí dentro.
— ¡¿Y qué hacemos?! —gritó Bram, completamente aterrorizado.
— Quédense detrás de mí —ordenó Al, con una voz extrañamente gélida y profesional, sin apartar la vista de la criatura.
En cuanto la bestia terminó de engullir el rastro negro de su última presa, se giró lentamente hacia nosotros. Ya no era el mismo Úmbrio; su cuerpo había doblado su tamaño, convirtiéndose en una masa de músculos y sombras palpitantes. De su garganta surgió un gruñido sordo que hizo vibrar el aire, un sonido que no dejaba lugar a dudas: nosotros éramos los siguientes.
El ataque fue instantáneo. La bestia se proyectó contra nosotros. Al, con reflejos de acero, logró interponer su hoja en horizontal justo a tiempo, pero las fauces del Umbrío chocaron contra el metal con un estruendo ensordecedor. Un crack siniestro recorrió la cámara: una grieta profunda cruzó el acero del cazador. Sin soltar su presa, la criatura fijó las garras en el suelo y realizó un giro brutal de cuello. La fuerza fue tal que Al salió despedido hacia un lado, desestabilizado y dejando mi flanco derecho totalmente expuesto.
— Imposible… —exclamó mientras caía.
Había subestimado su fuerza. Ahora, la mirada hambrienta de la bestia estaba clavada en su siguiente objetivo lógico: yo. No dudó ni un segundo en abalanzarse.
Sentí una presencia a mi espalda. Al se había recuperado con una velocidad asombrosa y se había posicionado justo detrás de mí.
— Perdóname, muchacho… —murmuró entre dientes, con una voz que carecía de cualquier rastro de la calidez anterior.
Sentí un movimiento brusco a la altura de mi nuca. El siseo del acero cortando el aire no venía de frente, sino desde atrás. Un escalofrío me recorrió la columna al darme cuenta de que la hoja de Al no buscaba al monstruo… o eso me pareció durante un instante. El acero venía hacia mí, directamente hacia mí.
«Así que era esto.»
Pero antes de que el acero me tocara, y justo cuando las fauces del Úmbrio estaban a punto de cerrarse sobre mí, una figura se interpuso.
Bram.
Mi amigo saltó con una agilidad que jamás creí que su cuerpo de gigante pudiera albergar. Se plantó entre la muerte y yo, alargando los brazos hacia los lados como si quisiera abrazar al destino para protegerme. Cerró los ojos con fuerza, apretando la mandíbula en un gesto de sacrificio absoluto, aceptando el final con tal de comprarme un segundo de vida.
— ¿Bram? ¿Qué estás…? —mi voz se quedó atrapada en mi garganta mientras mis ojos se dilataban por el horror.
La escena se detuvo en un instante eterno. El tiempo se estiró como una goma a punto de romperse. Podía ver cada colmillo de la bestia acercándose al pecho de mi protector, el reflejo de la espada rota de Al suspendido a mis espaldas y la paz trágica en el rostro del hombre que ya había aceptado morir por mí.